jueves, 2 de julio de 2009

Leyendo a Noé Jitrik

La conferencia presentada por Noé Jitrik en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, a propósito de la relación entre Identidad y Lengua, adopta la forma de relato autobiográfico para indagar en torno a las experiencias de formación y, por lo tanto, a las formas de construcción de la subjetividad. En este texto, sumamente rico para pensar las prácticas de lectura y escritura como prácticas transformadoras de nuestra historia y constituidoras de nuestra identidad, el escritor recorre los territorios de la infancia en cuatro parágrafos (“Escrituras”, “La caricia”, “Poesía” y “Lecturas”) en los que narra su ingreso al mundo de la cultura escrita y rememora las experiencias que marcaron su personalidad.
En la primera parte del recorrido apela a sus más antiguos recuerdos para dar cuenta de la ausencia casi total de prácticas escriturarias en el entorno familiar. El porqué de esa ausencia remite al origen, a los modos de “resolver la relación con el tiempo” propios de su comunidad de pertenencia, en la que lectura y escritura no eran utilizadas “para intercambiar ideas o sentimientos o para informarse de lo que ocurría más allá de lo conocido sino sólo para celebrar la ajena grandeza del Señor sin nombre”. Su cultura, su tiempo y su historia se reconstituyen en la evocación del padre, quien en los años treinta leía en voz alta para los miembros de su familia y escribía cartas en ruso o en idisch al hermano que había quedado en Rusia.
En los dos parágrafos siguientes pone en escena su aprendizaje escolar para recuperar como acto fundante de su pasión por la lectura el gesto amoroso de su maestra. Fue la experiencia del amor, según el escritor, lo que lo llevó a aprender a leer y a escribir y permitió su acercamiento a la biblioteca del pueblo y al primer libro. La importancia del amor en el vínculo educativo (“tuve la mejor maestra que se podría tener para aprender otras cosas, no el sexo pero sí el amor”), el lugar de las emociones y los afectos en la transmisión de conocimientos (“su caricia me despertó un sentimiento tan fuerte de emulación que en menos de una semana aprendí a leer y a escribir”) adquieren singular relevancia al tener como consecuencia la experiencia de la lectura, experiencia que se configura como forma de comprensión y expresión de la propia vida (“no más de dos semanas después, cuando comenzaba el otoño, fui a la biblioteca del pueblo y saqué un libro, era La cabaña del tío Tom, no recuerdo quién me lo indicó, y lo empecé a leer, con la tenacidad y la obstinación que marcaron toda mi vida de lector”). Más adelante, el anhelo de la caricia de su maestra (“esa mujer tal vez joven, venida de otra parte y tal vez poco acostumbrada a la vida del campo”) hace que, a pesar de las risas de sus hermanos, se esmere en la memorización y recitación de una poesía (“esos tontos versos que sin embargo nunca olvidé”). La lectura, experiencia que lo constituye, caracteriza su manera de ser y configura su personalidad[1], surge precisamente como resultado de un determinado vínculo nacido del contacto con su maestra.
La última parte del texto hace referencia en primer lugar a las lecturas de la infancia, aquellas que imprimieron una marca en la conciencia del narrador: El conde de Montecristo, La isla misteriosa, Los tres mosqueteros, Sandokán, folletines que fueron leídos, insiste, “apasionadamente, con una obstinación y una persistencia en la lectura que me han acompañado toda la vida”. A partir de entonces la lectura se constituye también en “por momentos fuga y refugio más que aprendizaje”. Aparece aquí la idea de lectura como espacio de fuga, espacio de lo lejano, ámbito de apuntalamiento de la elaboración de la subjetividad y de la posibilidad misma del pensamiento.[2] Sin embargo, el encuentro más significativo en términos de de sello imborrable que configura la personalidad fue el que se produjo en la adolescencia, cuando un libro de Rubén Darío, “como una prolongación de la biblioteca”, le fue entregado por su hermano, “sin adivinar que ese libro me abriría una avenida por la que traté y trato de transitar desde entonces, sin haber intuido que la música de esos poemas me autorizaría a mí mismo a escribir poesía alguna vez, tan bella como la que ese libro me ofrecía y algunos de cuyos versos se me han fijado“. La narración nos regresa entonces al punto de partida: la escritura. Pero se trata aquí de la propia escritura de poesía, la que nace de la lectura de esos poemas de Rubén Darío que de adolescente repetía “anhelante de ese sentimiento de pérdida que a él le dio un lugar en el mundo”. La singularidad de esa experiencia, su permanencia en la memoria, su carácter simultáneo de fulgor luminoso e impronta indeleble se pone de relieve en las bellas palabras con las que cierra el texto: “y eso, lo que está fijo en mi mente, regresa, incontenible, yerto y animado al mismo tiempo, perdido y hallado al mismo tiempo”.
La enorme potencia simbólica de este texto autobiográfico, que toma como punto de partida la escasez de escenas de lectura y escritura en la comunidad y la familia de pertenencia para indagar en los orígenes de las propias prácticas de lectura y escritura, prácticas que el narrador considera constitutivas de su identidad, radica en el despliegue de las vivencias ordenadas a partir esas prácticas, que aparecen aquí como experiencias que no sólo pueden imprimir un orden narrativo a la propia vida, pueden ordenar la vivencia de la vida misma y la narración de la vida de los demás. [3]

[1] Larrosa, J. “La experiencia y sus lenguajes”.
[2] Petit, M. “Elogio del encuentro”.
[3] Arfuch, L. “Historias de vida: subjetividad, memoria y narración”.

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