jueves, 2 de julio de 2009

Otro tiempo, otro lugar

Ayer se firmó el boleto. En menos de un mes tenemos que entregar la casa. Por eso hoy tuve que treparme al altillo para revisar qué debe guardarse y qué debe tirarse de todos los objetos, papeles y fotos que se han acumulado allí durante treinta años. No quería hacerlo yo, pero mamá no puede con sus años y mis hermanos están lejos. Están los cuadernos de primaria de todos nosotros, los dibujos de mi hermana Amelia, los sombreros de la abuela. E infinidad de papeles de papá: suplementos culturales de diarios, tarjetas navideñas, libros de autores desconocidos que compraba en bares, fotos antiguas de personas que no conozco y que deben estar muertas. Entre éstas, una foto llama mi atención: la de algunas personas de espaldas, en una zorra, sobre una vía angosta que parece adentrarse en el mar. Reconozco a mi padre en el niño de la foto y un poco más allá, la nuca de mi abuelo. En el dorso, una fecha: abril 1940. Hay otras fotos con la misma fecha: un paisaje desolado y unos pocos árboles a contraluz, un desierto atravesado por una caravana de camellos cabalgados por hombres arropados en blancas vestiduras, una construcción antigua, poblada de huecos para dejar entrar la luz y en su exterior cántaros de arcilla vacíos, niños semidesnudos a la orilla del mar, con redes cargadas de erizos y mejillones.
De pronto recuerdo a mi padre, su voz antes de dormirnos: nos contaba la historia de un niño que había viajado por tierras desconocidas, habitadas por personas de costumbres diferentes. En esa historia, el niño se separaba de su padre y vivía extraordinarias aventuras antes de reunirse nuevamente con él. El relato comenzaba con un viaje por mar, en un extraño vehículo que se desplazaba impulsado por el viento sobre una vía de ferrocarril y continuaba por desiertos que transitaban pueblos nómades que viajaban desde el atardecer hasta media mañana y descansaban en tiendas de campaña cuando el calor se volvía insoportable. Luego de interminables peripecias, el niño arribaba a un puerto en el que debía reunirse con su padre, donde era instruido por los lugareños en el arte de la pesca y el tejido de redes. Cada noche el relato cambiaba, se acortaba o se alargaba a la medida de nuestra avidez y nuestro insomnio, se agregaban personajes, otros desaparecían. Nunca había vuelto a pensar en ese tiempo que mi padre pasaba junto a nuestras camas: en aquella época creía a pie juntillas en la veracidad de ese relato y más tarde lo archivé en el desván de las fantasías que mi padre inventaba para entretenernos, junto con la oración india (“dela vela araray, araray taytu, tapeny tapem, amén, jesús”) y la historia de la tortuga gigante a la que se habían comido las hormigas. Ahora me pregunto cuánto había de real y cuánto de inventado en las historias que nos contaba, busco en mi memoria datos, retazos de conversaciones.
Decido quedarme con las fotos, con todas. El próximo domingo, cuando lo visite, las llevaré para mostrárselas. Pero ya sé que la única respuesta que obtendré será un balbuceo y su hermosa sonrisa, perdido, definitivamente perdido en la nebulosa de otro viaje.

1 comentario:

Mauri K dijo...

Si te podes quedar con todo hacelo, te puedo asegurar por experiencia que esas cosas son las mas valiosas. De hecho no tienen valor hasta que uno deja de verlas.
Buena eleccion las fotos.
Saludos.