jueves, 2 de julio de 2009

¿Qué significa leer y escribir?

Entre los problemas más recurrentes que suelen identificarse en el contexto escolar se encuentra la escasa motivación de los alumnos para leer y escribir así como la tensión entre la diversidad de los puntos de partida de los alumnos y la cantidad de saberes referidos a la lectura y la escritura cuya enseñanza debe asumir la escuela.
El primero de los problemas, la escasa motivación de los alumnos para leer y escribir, se configura en el discurso público como un diagnóstico, que da cuenta de las carencias de los sujetos y la ineficacia del sistema educativo. Sin embargo, el acuerdo en el diagnóstico conlleva a veces el riesgo de desviar algunas preguntas necesarias sobre las formas posibles de intervención pedagógica del docente, vinculadas al lugar de las prácticas de lectura y escritura en la configuración de subjetividades y a las propias prácticas docentes de lectura y escritura.
Preguntarse por las formas de intervención pedagógica significa básicamente, preguntarse por la relación de los adultos con los jóvenes y los niños en el contexto escolar. Las formas que adquiere esa relación son muy significativas para los sujetos en formación, como sabemos por numerosos relatos autobiográficos y por nuestra propia experiencia como alumnos y como docentes. En determinados contextos socioculturales, marcados por la exclusión social, los adultos que los niños encuentran en la escuela deben reconstituir con ellos esa relación asimétrica necesaria y facilitadora del crecimiento en su faz de amparo y cuidado[1] para hacer posible que se constituyan como sujetos y para poder asumir la tarea de transmitir/enseñarles algo, introducirlos en otros lenguajes y códigos y darles herramientas para moverse en el mundo. En una época de profundas desigualdades, es necesario recuperar la idea de que la educación es el lugar de cruce de dos amores: el amor por el mundo y el amor por las nuevas generaciones. Debemos plantearnos si amamos al mundo como para preparar a nuestros relevos, si amamos a nuestros niños como para no expulsarlos del mundo y prepararlos por adelantado para la tarea de renovar el mundo común, si estamos dispuestos a habilitar el cruce entre conservación y renovación confiando en que los que vienen harán algo mejor, algo que no previmos con aquello que les dejamos.[2] Esa confianza, que forma parte del amor, es un factor fundamental para hacer posible el encuentro con otros a través del vínculo pedagógico o con uno mismo a través de la inquietante intimidad de la escena de lectura.
La apropiación de la lectura y de la escritura implica la posibilidad de “ser ciudadanos”, es decir, la apropiación de otra forma de relación con el lenguaje, vinculada a los procesos de formación y a la posibilidad de tomar decisiones sobre la propia vida. El docente debe ser consciente de que el proceso de transmisión cultural consiste en habilitar a otros a ocupar nuevos lugares, sus lugares, los lugares de una generación que está por venir y, por lo tanto, de la importancia de las prácticas de lectura y escritura en la constitución de subjetividades, a partir del sentido que estas prácticas le otorgan a la propia experiencia. La lectura, a través de la exterioridad y de la lejanía en la que se desarrollan las historias de otros, supone una aventura en nosotros mismos, la posibilidad de encontrarnos al final del camino. La experiencia de la lectura aviva el deseo del propio escribir, de la construcción de la propia historia en un mundo de otras historias.[3] Lectura y escritura son prácticas socioculturales productoras de significado, y la escuela es la gran ocasión de acceso a estas prácticas, a la posibilidad de convertirse en rastreador de sentidos a veces tan pequeños como profundos, en permanente rebelión contra los significados instituidos. Los relatos de lectores pertenecientes a sectores marginales describen la experiencia de la lectura como una experiencia de encuentro con la experiencia ajena, como experiencia transformadora de la propia identidad, del curso de su existencia y por lo tanto del destino social que tenían asignado.[4] Para que la experiencia de la lectura ocurra, el docente debe abrir espacios para que el niño o joven que tiene frente a él consienta a trabajar para recibir el patrimonio cultural y a dejarse provocar por las lecturas que se le ofrecen, pero no puede dominar y manipular plenamente el modo en que provoca la transferencia. En la libertad de ese encuentro con el otro, en la libertad que tiene el otro de decidir si quiere o no entrar en el intercambio, en su derecho a abstenerse, en el derecho a la indiferencia, radica el valor agregado de la experiencia de educar.[5] De ahí la necesidad de interrogar las propias prácticas docentes, porque frente a ese no saber el maestro sólo se puede sostener en el vínculo que él mismo establezca con sus propias lecturas, en sus propias experiencias de lectura y escritura, en su propia participación política y cultural.


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[1] Zelmanovich, P. “Contra el desamparo”
[2] Dussel, I. “Dilemas de la autoridad pedagógica en la enseñanza de la lectura y la escritura”
[3] Brito, A. y S. Finocchio “Abrir caminos entre lectura, escritura y educación”
[4] Petit, M. “¿Cómo pueden contribuir las bibliotecas y la lectura a luchar contra la exclusión?”
[5] Antelo, E. “La pedagogía, ‘ladeliteratura’ y el afán de atraer a otros”

1 comentario:

MONA dijo...

Es imposible el mejoramiento de la sociedad prescindiendo de la lectura. Es preciso que todos, los chicos y los que no van a la escuela, lean. Debiera ser la escuela la que promueve estas prácticas, pero a veces sucede que ese ámbito está muy lejos de la realidad social. En mi paso por la secundaria -hace muuuuchos años- nos obligaban a leer El Conde Lucanor, Juvenilia... y odiábamos los libros. Más adelante supe que hay quienes escriben preciosas fantasías; hay otros sobre mi sociedad, sobre problemas similares a los que atravieso...
Podríamos charlar horas sobre esto. Tengo experiencia en promoción de lectura. Hice mi carrera docente en el Nivel Inicial, y aunque esos alumnos aún no leen ni escriben de manera convencional, hemos logrado que escuchen la lectura que hace su familia, en su casa, con libros de la biblioteca del Jardín. Estas prácticas, aparte de su valor intrínseco, ayudaron a mejorar las relaciones familiares.
Participé en un proyecto de biblioteca itinerante. Como los jardines tenían pocos libros, y ésos generalmente eran de escasa calidad literaria, organizamos 4 baúles con unos 30 libros cada uno, que recorren actualmente los jardines. La plata para los textos la donó un diputado en 2005, uno que ya no está, y que pertenece a un partido que detesto... y sin embargo, mirá de lo que fue capaz! Pero éste ya es otro tema... y se me hizo re laaaargo...
Saludos
(Si te interesa hablar más mi mail figura en mi blog)